Letra y espíritu en el fútbol.

08.11.2022 00:00 de MAROGAR .   ver lecturas

“No basta tener espíritu. Además, hay que tener suficiente espíritu para evitar tener demasiado”. (André Maurois)

         Transcurre una ola pesimista ahora mismo para el fútbol. Y resulta curioso que el origen sea, precisamente, como consecuencia de la actual manera de juzgarse los partidos por parte de los árbitros. Yo aprendí las 17 Reglas y sus vericuetos normativos con D.Pedro Escartin, cuando no se prodigaban tantos protocolos para tratar de compendiar las múltiples circunstancias del juego. Era una época donde las manos y los penaltis no se revestían de tantos criterios aleatorios para que, luego, dos faltas similares se piten de manera absolutamente distintas. Con lo fácil que lo teníamos con aquel criterio universal que rindió excelentes resultados: “Si la mano va al balón, es mano; si el balón va a la mano, no es mano”. Y no es necesario consultar ningún tratado como el publicado en 1748 por el filósofo y ensayista ilustrado Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu: “El espíritu de las Leyes”. Una garantía contra el “despotismo” y los “poderes arbitrarios”. 

          La cuestión es que la aplicación de las Reglas está siendo muy controvertida, los “fuera de juego” están siendo diseñados por máquinas que “tiran líneas” imprecisas con criterios casi infantiles; lo que me hace exclamar que “Pinocho no podría jugar al fútbol porque siempre estaría en fuera de juego “ (su nariz). Y pensar que hubo momentos donde a los líneas ayudantes se les dijo que “en caso de duda, favorecieran siempre al ataque”.

     Pero lo peor de la situación actual es que los propios árbitros se consideren siempre en posesión de la verdad. Y en los momentos de controversia llegan a pensar que los aficionados, o los jugadores, o los entrenadores, todos ellos son “analfabetos” del Reglamento y que “las Reglas son lo que son y no admiten otros criterios”.

           Jesus de la Gandara nos explicaba "El síndrome de Dunning-Kruger” como “La relación entre estupidez y vanidad se ha descrito como el efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con escaso nivel intelectual y cultural tienden sistemáticamente a pensar que saben más de lo que saben y a considerarse más inteligentes de lo que son”. El fenómeno fue rigurosamente estudiado por Justin Krugger y David Dunning, psicólogos de la Universidad de Cornell en Nueva York, y publicado en 1999 en “The Journal of Personality and Social. Se basa en los siguientes principios:

1º.  Los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades.

2º.  Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás”.

           “Antes de que estos estudiosos lo evidenciasen científicamente, Charles Darwin ya había sentenciado que “La ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”(…) “El avance de Krugger y Dunning fue simplemente demostrarlo en un experimento consistente en medir las habilidades intelectuales y sociales de una serie de estudiantes y pedirles una auto-evaluación posterior. Los resultados fueron sorprendentes y reveladores: Los más brillantes estimaban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban por encima de la media, y los menos dotados y más inútiles estaban convencidos de estar entre los mejores”.

             Estas observaciones, además de curiosas me parecen preocupantes, pues según ellas “los más incompetentes no sólo tienden a llegar a conclusiones erróneas y tomar decisiones desafortunadas, sino que su incompetencia les impide darse cuenta de ello”.   Como quiera que sea, siempre los árbitros van a pensar que dicho síndrome no les afecta a ellos mismos, pues están por “encima del bien y del mal”. Y la solución del arbitraje, ante lo indefinido, ante la duda, tienen acuñada a fuego la expresión: “Es interpretable”. O sea, todo es susceptible de “arbitrariedad” pues el protocolo siempre les protegerá a los árbitros que tendrán siempre la última palabra al redactar el acta del partido: “Fue sancionado por discutir una de mis decisiones”.

            Los estamentos arbitrales tienen una ardua tarea para ejercer con mayor confianza su actual arbitrio que ellos mismos propagan. Sin duda, son momentos que su contribución a la belleza del fútbol es un lastre que será necesario aliviar, porque ellos son parte principal del juego; aunque no el juego mismo como llegan a creerse...