De cuando yo era juvenil y jugaba al fútbol, ya se propugnaba que “en el primer tiempo juguemos en contra del aire”. A la hora de elegir campo se pensaba que, como las fuerzas estaban intactas, se aguantarían mejor los esfuerzos con aire en contra. Fue una especie de sabiduría campesina aplicada al fútbol. Una norma tácita, transmitida de capitán a capitán, cuando todavía la elección de campo tenía algo de liturgia y lectura del paisaje. Antes de que el balón rodase, los jugadores miraban al cielo, se escupía al suelo para comprobar la dirección del viento y se calculaba —con ese instinto práctico del futbolista de antes— si convenía empezar cuesta arriba, contra el vendaval o a la sombra del graderío.
La lógica era sencilla y casi militar: al inicio del partido el cuerpo acepta mejor la resistencia del aire, el desgaste es asumible y la disciplina táctica aún no se había roto. “Sufrimos ahora, que aún hay piernas”, decían. En cambio, en el segundo tiempo, la fatiga escribe su propio partido y convenia tener al viento como aliado, dejar que las transiciones se acortaran y los despejes viajaran treinta metros más. Jugar con el aire a favor se constituía como una especie de recompensa estratégica, el pequeño premio de quien había sido inteligente en la elección.
Luego resulta que, en algunos campos, esa norma era equivocada sobre todo en los campos con el mar cerca que provocaba en ocasiones un cambio de sentido del aire. De manera que, por falta de cálculo, los dos tiempos del partido había que luchar contra el aire. Nunca como entonces se podía asegurar que el juego del fútbol está sujeto a los elementos. Y esa máxima, casi olvidada por los Estadios modernos que domestican el clima, tenía una filosofía rudimentaria pero certera: administrar el esfuerzo desde el comienzo, no hipotecando las piernas cargadas del final.
Hoy el viento se mide en aplicaciones móviles y el campo se elige por puro azar, pero aquella vieja consigna seguía teniendo razón: empezar contra el aire era confiar en la resistencia; acabar con él era creer en el impulso final. Efectivamente se barajaba que a favor de aire hay más descontrol con los pases, el aire no te permitía calcular bien el toque necesario. Jugar con aire a favor podía ser una trampa por cuanto había un peligro invisible como era que el viento empujase más de la cuenta los pases y el descontrol era un perjuicio añadido. Ese toque de más o de menos que el futbolista calcula por instinto se volvía impreciso, caprichoso, irregular, traicionero, y convertía en errático lo que en condiciones normales era casi un automatismo.
Y es que los antiguos lo sabían:
con viento a favor no siempre se juega mejor, se juega más rápido de lo que uno puede pensar. Y en el fútbol, pensar tarde significa perder el balón. Por eso aquella máxima de “primer tiempo en contra de aire” tenía también una lectura psicológica y técnica: el equipo no debía acelerarse y romper su forma por culpa del viento.
Era una suerte de geometría meteorológica, un saber práctico que hoy parece arqueología del fútbol, pero que sigue teniendo una verdad profunda: no siempre el viento que empuja ayuda, a veces desordena.
Había quien defendía exactamente lo contrario, empezar con viento a favor y aprovecharlo mientras estuviera de tu lado, en la segunda parte podía cambiar de frente. El viento, como un delantero caprichoso, no respondía a ninguna fidelidad. El fútbol era algo más que un duelo entre equipos: era un partido contra el clima, un pulso con la intemperie. El aire no dejaba de ser un elemento estable sino un aliado volátil.
En los campos abiertos, sin tribunas cerradas ni estadios que domaran el clima, estas decisiones tenían un peso casi táctico. Era el fútbol como geografía, como orientación, como cálculo instintivo: ¿lo guardo para después o lo consumo ya? ¿Me fío del viento o desconfío de él?
En el fondo, aquellas dos creencias enfrentadas revelan la misma sabiduría: el viento no era un factor, era un personaje del partido. Y cada equipo dialogaba con él como podía.
Se podía escribir un “tratado meteorológico del fútbol antiguo”. Algo parecido ocurriría con el sol y los cálculos que, sobre todo, realizaban los porteros. El portero, especialmente, calculaba ese factor con una mezcla de oficio y superstición. Sabía que un sol bajo, frontal, entrando a cuchillo en los ojos, podía convertir un balón sencillo en un misterio. Había tardes en las que un centro sin peligro se transformaba en un espejismo: la pelota desaparecía un instante en la claridad y reaparecía ya demasiado cerca. Por eso muchos guardametas pedían empezar conel sol en contra, cuando la vista está fresca, los reflejos son nítidos y la concentración es máxima. Preferían sufrir esa incomodidad en el primer tiempo antes que confiar en que, al caer la tarde, la luz se volviera benigna.
Como el viento, el sol también se movía, descendía, cambiaba el ángulo, y uj portero veterano lo sabía mejor que nadie. Efectivamente, había quien defendía lo contrario: si el sol está hoy traicionero, mejor soportarlo ya, porque en la segunda parte quizá se esconda detrás de la grada, de una nube o del propio ocaso. Por tanto, elegir campo no era un protocolo, era un acto estratégico.
En ese viejo fútbol expuesto a los elementos, el guardameta era una especie de astrónomo práctico, leyendo la luz para sobrevivir al siguiente balón. Recuerdo una cuestión empírica, a finales de los 60, en Béjar (Salamanca), jugábamos en el viejo Mario Emilio, que tenía un gran desnivel entre portería y portería. El equipo de casa siempre elegía en la primera parte jugar “cuesta arriba” y en la segunda parte agobiar al contrario cuesta abajo. Eso sí, los locales sabíamos que en los tiros a puerta muchos se iban por encima del larguero. La lógica era parecida a la del viento: al inicio del partido las piernas eran fiables, la concentración era firme y el esfuerzo, asumible. Se sufría en el primer acto, sí, pero con la promesa de que, en la segunda parte, la caída del terreno se convertiría en un aliado feroz. Agobiar al contrario cuesta abajo era casi una obligación moral; el campo imponía ese ritmo, ese empuje natural. El rival, que había subestimado la pendiente, terminaba atrapado en una especie de avalancha lenta pero constante.
En el Mario Emilio se aprendía rápido una verdad que hoy suena a arqueología del fútbol:
el partido no empezaba cuando el árbitro pitaba, sino cuando el capitán miraba el campo y decía: “Hoy primero cuesta arriba”. Era el fútbol en su versión más material, más física, más humilde… y quizá también más sabia.
Salamanca, 25. diciembre.2025.
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