Parece un dogma inequívoco utilizado por la mayoría de porteros del planeta y de normal aceptación por todo el universo futbolístico. Y el jugador más alto marcando el poste según indique el propio portero. Es otra liturgia irrompible, incuestionada, del fútbol de todos los tiempos. No es una ley del juego, sino un dogma repetido hasta convertirse en verdad revelada. Al fin y al cabo, un catecismo defensivo de toda la vida.
Se suele aplicar a 18 metros o a 25, con lanzador diestro o zurdo, con rosca o con potencia, con portero alto o bajo. ¿Por qué cinco jugadores?
Está clarísimo, “porque siempre se ha hecho así”; “porque lo hacen todos”; “porque si sale mal no me señalarán”. En realidad, es gestión del miedo al error y no una decisión táctica. Y la barrera se elige por estatura simbólica, no por función efectiva. Por supuesto, lo decide el portero y no el entrenador, salvo ocasiones específicas como ocurre con los lanzamientos de penalti. Rutina transmitida entre guardametas, más que un principio trabajado.
El lanzador sabe exactamente cuántos hay, dónde están, qué huecos existen. Nadie decide y se ejecuta el protocolo aprendido, se aplica la receta universal. Es decir, lo contrario de la inteligencia táctica. Cuanto más automatismo defensivo, menos riesgo para quien manda… y más ventaja para quien ejecuta. Siempre el lanzador agradecerá las barreras previsibles, los postes ocupados siempre de la misma manera, los porteros atados a rituales ancestrales. Y es que la barrera de cinco no defiende la portería, sino la tradición.
Podríamos redactar, por tanto, este aforismo: “En las faltas, el miedo piensa por todos”. Aquí también hay fútbol para desmitificar. Porque siempre aseguré que el mayor enemigo del portero es su propia barrera. Son 9,15 metros de distancia donde los propios compañeros “quitan la visión” restando décimas de segundo donde los porteros regalan tiempo de reacción para intuir las trayectorias. Esos 9,15 metros pensados para proteger al lanzador se han convertido en una zona ciega para el guardameta.
En ese espacio ocurre de todo, el golpeo real, la orientación del cuerpo y pie de golpeo, el primer metro de vuelo del esférico, información decisiva para el buen quehacer final del portero. Y en ese intervalo, el portero no ve nada. Cuando la pelota aparece, ya ha recorrido unos metros irrecuperables para traducir caminos impensados de la pelota, la barrera confirma ser un enemigo óptico.
El portero no decide: adivina. Por eso tantos goles “imparables” lo son solo porque el portero llega tarde a ver el balón. Teniendo en cuenta también que el equipo ofensor suele situar a 2 ó 3 atacantes como continuación de la barrera defensiva, siendo una nueva pantalla legal camuflada. La escena fotografía a un lanzador que sí ve y a un portero que no ve. La barrera no reduce goles, los desplaza.
Insisto, las barreras defensivas se siguen fabricando por tradición, por cultura heredada, por miedo al disparo directo, al margen de que no mejora la capacidad de respuesta del portero. El portero no falla, llegará tarde a ver lo que nunca le dejaron ver. Por eso, debieran experimentar los equipos con barreras menores, barreras escalonadas, barreras abiertas, o incluso sin barrera en ciertas zonas y distancias.
En los años 60 encontré un texto del Instituto Nacional de Educacion Física en varios cuadernos técnicos, que razonaba sobre las barreras divididas para facilitar la visión del portero, se salía del catecismo aportando ideas y reflexiones, pero eran los años 60 cuando el fútbol todavía no estaba secuestrado por el protocolo. O sea, el fundamento al que aludían siempre era añadir tiempo y visión de los porteros. Porque es evidente que el portero será más eficaz si observa el golpeo inicial. Por lo que un pequeño hueco en la barrera permitirá al portero intuir efectos, trayectorias, potencia, etc., lo que permitirá ajustar el primer paso de talonamiento.
El fútbol pensaba más… y automatizaba menos, no había VAR, no predominaban protocolos fijos, no había “manual del error aceptable”. Sin duda, había más criterio. Ahora, propugnado por los propios entrenadores, formaliza aquello de “Tápame todo y ya reaccionarás, portero”. Pero reaccionar sin ver es jugar a la lotería. Personalmente, cuando entrenaba juveniles y tercera división en los años 70 y primeros de los 80, abogaba por porteros pensantes y no meros ejecutores de rituales, aceptaba un gol “por visión” antes que uno “por dogma”. El fútbol moderno penaliza salirse del patrón general, el de “toda la vida”.
Ver medio metro antes vale más que tapar medio metro después, asegurando que yo caí muchas veces en esa “herejía”. Por muchos motivos, ejercí la profesión con mucha libertad mental. Reconozco que no es fácil en todos los desempeños. Me costó convencer a mis propios porteros, pero asumiendo de salida la mayor responsabilidad, los porteros acabaron entrando por intentar dicha creatividad poco común en otros equipos. En tales situaciones, el portero tenía más reparo en ser reprendido por encajar un gol que por pensar distinto. Esa es la clave. Porque pocos son los que quieran cargar con la mochila cultural del “siempre se ha hecho así”; “no inventes”; “no quedes como raro”… Porque en muchos casos, el portero joven quedaría como un “insubordinado”. En el fútbol se perdona el error convencional pero no la idea no homologada.
Si el gol entra con barrera de cinco, es fácil echarle la “culpa” a la mala suerte, al gran golpeo del jugador contrario, mientras que si entra con barrera dividida aparecerían expresiones como “¿a quién se le ocurre?”; “esto no es balonmano”; “no inventes”…
La barrera dividida no es teoría, es práctica, es entrenable, y es incómoda para la cultura dominante… Al portero no le gritan por encajar un gol; le gritan por haber visto antes de tiempo. Eso, en el fútbol, sigue siendo casi un pecado. Cuantas veces hemos recibido expresiones que se guardan en el baúl de los recuerdos: “No penséis por vuestra cuenta”;
“No copiéis ideas que no vengan de arriba”; “Aquí el rango pesa más que la razón”… Siendo estos mensajes los que calan más hondo que cualquier charla táctica…
Además de las barreras defensivas divididas, practicamos la barrera al palo contrario que rompía dogmas según mi opinión, porque incomodaba fundamentalmente al tirador contrario. Se le rompían esquemas y costumbres pasadas. Colocar la barrera en el palo contrario al del portero rompe dos automatismos a la vez:
El portero libera su lado natural de visión, anticipándose mentalmente una vez visto el gesto del lanzador, el primer metro de vuelo de balón, la orientación del cuerpo.
El disparo al palo del portero deja de ser invisible. Ya no aparece de repente tras una muralla humana. Lo que se pierde en “tapón geométrico” se gana en anticipación real.
El gran malentendido del fútbol ha sido la confusión en “tapar espacios” con “ganar tiempo”. Sabiendo que para un portero el hecho de ver antes siempre vale más que tapar más. Una décima de segundo extra equivale a un paso mejor, un apoyo firme, un salto limpio. Eso no lo dará nunca cualquier barrera compacta. El portero vive el espacio en tiempo, no en distancia.
Confirmando, además, que la barrera al palo contrario rompe la referencia clásica del tirador. le obliga a recalibrar e introduce dudas. El lanzador también es hijo del ritual.
Cuando se lo quitas, pierde automatismo. Pagaría una cena si alguna de esas novedades las viera practicadas en algún equipo de categoría. De hecho, también tenía mis apuestas con los porteros si no hacían barreras cuando la distancia de la falta superaba los 20 metros. Un portero en medio de su portería parara el 95% de las veces y con barrera un 60% o más les marcarán.
El gol suele venir por invisibilidad, no por potencia. Sin barrera, el portero ve. Con barrera el portero se ve obligado a adivinar. Porque el error sin barrera es visible y culpable. El error con barrera es colectivo y excusable. Ahí está la trampa cultural. La barrera protege al entrenador, no al portero.
Espero que el fútbol avance gracias a los que soñamos ideas que otros tardan décadas en probar. En todo caso, las buenas ideas no fracasan: se archivan: por miedo, por rango, por pereza intelectual. No porque no funcionen. Pensar en el puesto del portero desde la percepción y el tiempo, no desde la geometría obliga a costes sociales por innovar, pero como decía un amigo: “Con el tiempo, las minorías tenemos razón”. Por supuesto, no es en los manuales de fútbol donde aparezcan las grandes innovaciones.
El fútbol es lento para cambiar, pero tiene memoria subterránea. Soñar novedades no es huir de la realidad, es adelantarse a ella. El problema del fútbol no es que haya soñadores, es que manda demasiada gente que ya no sueña nada.
Salamanca, 26. Enero. 2026.
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