El primer partido de la eliminatoria en semifinales de “Champions League” 2026 fue jugado por París Saint Germain contra Bayern Münich, resultando un tanteo final de 5-4. Pareció haber coincidencia que dicho encuentro fue de lo mejor que se vio jugar “de siempre”. Yo, tímidamente, ya he discrepado, discretamente, de dichas opiniones. Porque, aseguro, como dice Michel Platini, que “el mejor resultado de un partido de fútbol es un empate a cero goles” y no quisiera deslumbrarme por la ensalada de goles. Luego, en Münich, en el segundo partido, hubo más equilibrio defensivo entre ambos, más sensatez competitiva, y acabaron el juego con un resultado erquilibrado de 1-1. Pero, al fin y al cabo, clasificado para la final el París Saint Germain por méritos propios.
También en estos días leí el excelente libro firmado por Javier Cáceres, “El gol de mi vida”, un compendio de buenos goles históricos conseguidos por excelentes futbolistas. Si entro en detalle, descubro que incorporan a mi memoria goles que yo ni me acordaba, incluso desde la fecha de infantil. Eso sí, los detalles de aquellos logros son excelentes, refrescan acciones definitivas del fútbol donde los autores lograron dibujar alguna característica de sus acciones goleadoras.
En su prólogo escribió Cáceres: “… lo que un día hizo Enrico “Chueco” García, uno de los zurdos más endiablados del fútbol argentino: resulta que en cierta ocasión regateó a medio equipo contrario delante de la portería y después recorrió exactamente el mismo camino, pero arrastrando los pies por el suelo. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, respondió que había querido borrar sus huellas. Sin embargo, estoy seguro de que, si el Chueco se hubiese topado con Javier, habría estado encantado de dibujar con la mano el gol que había trazado con el pie”.
(…) “El gol nos devuelve a la infancia”. ¡Afirmativo! Por ello, los goles conseguidos por franceses y alemanes en esta eliminatoria nos elevaron a los cielos, un fútbol de ida y vuelta que llegó a ser bonito, muy creativo ofensivamente, aunque, en purismo, el exceso de goles recibidos por los dos equipos denotó algún defecto fundamental, si bien la mayoría de la gente no quiso entrar en detalles negativos, quedándose con el disfrute de los ataques continuos, casi coincidentes con los goles efectivos.
(…) “En Argentina se cuenta la célebre historia de Ramón Centurión, delantero, que en la década de 1980 se fue a Boca Juniors, donde tuvo momentos brillantes hasta que, de repente, empezó a errar el tiro. Atravesó una terrible fase en la que llegó a fallar tres penaltis en tres partidos consecutivos. Los aficionados querían matarlo; si chutaba, porque chutaba; si pasaba el balón, porque lo pasaba; si regateaba, porque regateaba. Hasta tal punto cayó en desgracia que básicamente lo acusaban por jugar al fútbol. Sucedió entonces que en el último minuto de un indigesto empate 0-0 el balón cayó a sus pies y enganchó un disparo con su pierna buena que entró por la escuadra. Con la sensación de poder que solo los goles pueden ofrecer, saltó por encima de las vallas publicitarias y se agarró los genitales ante los ojos de los aficionados argentinos más ruidosos y agresivos”. Un gol “cojonudo” que, de vez en cuando, disfruto releyendo los diarios que yo escribía de mis actuaciones desde infantil.
Por supuesto, hay goles que se marcan y otros, que se anulan. También muchos goles se roncan. “Los goles, a veces, son producto del azar, y este libro también lo es en cierto modo. Nunca estuvo planeado. Fue un gol de rebote”. (…) “Conocí a una serie de futbolistas que marcaron goles importantes, bonitos, espectaculares y, en cualquier caso, memorables en el transcurso de sus carreras. Con mucho gusto me hablaron de ellos y generosamente los dibujaron en el cuaderno que llevaba conmigo en cada viaje… Un ejemplo es Gerd Müller, que pasó junto a mí en el vestíbulo del “Hotel Palace de Madrid” con ocasión de un partido de la “Champions League”. Müller formaba parte entonces de la delegación del Bayern de Múnich. Que su gol de la final del “Mundial de 1974” fuese su gol más importante se debía, según sus palabras, al modo en el que lo marcó: corto, seco, sin rodeos”.
(…) “En el caso de Franz Beckenbauer la dificultad fue otra. Me describió “su” gol en 2010 durante el “Mundial de Sudáfrica” pero al final “solo” dibujó un autógrafo en el cuaderno con una respuesta que me desarmó cuando rechazó mi petición de un dibujo: “Píntalo tú mismo”. Años más tarde nos volvimos a encontrar, esta vez con más calma, en el estudio de televisión del “canal Sky” o, para ser más preciso, entre bambalinas. Entonces me sirvió de ayuda una foto de mi padre con Beckenbauer durante la “Copa del Mundo de 1982” en la ciudad española de Gijón, en el Estadio “El Molinón”. Mi padre, Gonzalo Cáceres, trabajaba en aquel momento como reportero del entonces joven periódico barcelonés “Sport”, y “el Kaiser” lo hacía como columnista del periódico “Bild”. —De este señor aún me acuerdo bien —dijo Beckenbauer riéndose y, venciendo sus inhibiciones, me lo dibujó. “¡Gol!”, grité para mis adentros. Siempre me han fascinado, en el caso de Beckenbauer y otros, las asociaciones que puede evocar un gol en sus protagonistas, aunque también cuan precisos que pueden ser los recuerdos”.
“Goles son amores” es un dicho popular que viene aquí que ni pintado, pues hay futbolistas que tienen en su haber un número particularmente alto de goles o particularmente bajo, los hay que tienen goles especialmente bonitos o feos, especialmente salvajes, obstinados, silenciosos, sorprendentes o abrumadores, así como goles especialmente importantes. Apenas encontré a nadie que hubiera olvidado los goles. Por el contrario, siempre hubo “un” gol — o “el” gol — que los interlocutores recordaban especialmente porque había definido una carrera o un momento de gloria que no se podía perfeccionar”.
El escritor argentino Osvaldo Soriano escribió una vez: “El trayecto hacia un gol es una manera de conocimiento, de mirarnos y de mirar a los demás”. Esto explica lo diversos que pueden ser los caminos que llevan a un gol. “Cada gol tiene una historia”, esto es lo que me dijo una vez el excampeón del mundo argentino Jorge Valdano, una síntesis perfecta de aquello que fui aprendiendo a lo largo de los años pero que nunca habría podido formular con tanta concisión”.
La vida nos sumerge en muchos actos y experiencias que pueden causar remordimientos y culpa. No tienen por qué ser fechorías. Es posible, incluso, amar demasiado. Sin embargo, seguramente nunca encontrarás a nadie que pueda arrepentirse de haber marcado un gol.
Decía Beckenbauer que “En el Mundial de 1966 marqué varios goles. Dos contra Suiza y uno contra Uruguay. Sin embargo, recuerdo con especial aprecio el 2-0 que marqué en nuestra victoria por 2-1 contra la entonces URSS. No solo porque fuera un bonito gol — un tiro lejano con la zurda —, sino porque me hizo sentirme orgulloso en muchos aspectos. Por pasar a la final de Wembley. Por marcar con mi pierna “mala”. Y por batir a un hombre que entonces ya era una leyenda viva: nada más y nada menos que Lev Yashin.» Mundial 1966 Semifinal, 25/7/1966 Goodison Park…”
Siempre habrá en nuestras cabecitas “un mejor gol conseguido”, “un mejor partido jugado”, “una mejor acción que archivar” en nuestros recuerdos futboleros que aflorarán alguna vez quizás por casualidad. Y la mente siempre manipulará los recuerdos como para deducir que los míos sean los mejores de todos los tiempos.
Salamanca, 14. Mayo. 2026.
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