(…) “Al hincha no le interesaba el fútbol como deporte, como juego, sino el devenir de su club. Y cuando sigues a un equipo, tu deseo es que gane partidos y a ser posible campeonatos, no tanto cómo juegue en un sentido estético (aunque sí para muchos hinchas, en un sentido moral, si entendemos así la deportividad). Sin embargo, con la llegada de la televisión a todos los estadios, con la retransmisión de cuantos más partidos fuera posible, poco a poco fue creándose una comunidad de telespectadores (es decir, espectadores “distantes”) interesados no tanto (o no sólo) en el resultado, sino en el juego en sí y en cómo éste se desarrollaba. Era un nuevo modelo de público, cada vez más neutral”.  

(…) “En ese proceso de cambio del modelo de público, los campos de fútbol de los equipos que mejor fútbol practicaban se fueron convirtiendo poco a poco en templos de peregrinación para nuevos espectadores, a los que les interesaba el juego como espectáculo, el partido como evento, y no necesariamente el destino deportivo del club. En ese movimiento, en los clubes más globales el hincha fue dejando espacio al nuevo espectador, un turista, alguien que pasa por allí temporalmente. La demanda fue creciendo y el precio de las entradas fue subiendo, hasta el punto de desplazar incluso al público local en muchos estadios. En esta teoría, negaríamos a Menotti”.  

(…) “Es cierto que el objetivo capitalista es ganar. Pero probablemente no algo tan etéreo como un partido. El capitalismo busca ganar dinero. Al inversor no le importa el resultado deportivo, sino el balance de cuentas. No quiere estadios llenos de hinchas, sino de clientes. El objetivo último es para él asegurar un mercado, ofreciendo un “producto”, una mercancía, algo que pueda ser comprado por cuantas más personas mejor. Por el contrario, el hincha no es un cliente. Es alguien que estará ahí pase lo que pase, en una relación que atenta contra la lógica del espectáculo: el hincha, muchas veces, siente que preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo antes que atender al devenir de su club y, a pesar de ello, acude al estadio. Para el hincha, a veces el vínculo con su club es de carácter sufriente, como de manera tan precisa narra Enrique Ballester en su libro “Infrafútbol”.  

(…) “Pero la belleza no es de izquierdas. En ese sentido, a veces pienso que el fútbol en el que prima el valor estético sobre todos los demás (incluso por encima de la diversión de quienes lo practican) quizá sea heredero conceptual de la religión, de un sistema de valores en el que el bien, la belleza, la verdad, reinan por encima de todo. Pienso en quienes llegan hasta la obsesión por que su práctica del juego sea perfecta, bella, necesaria, y no sé si eso tiene tanto que ver con las personas o con algo que entienden que está por encima de ellas. Recuerdo la anécdota narrada por Óscar Tusquets sobre sir Edwin Lutyens, arquitecto inglés, que reprendió a un ayudante por plantear una fea solución en un plano. Y ante la respuesta de éste de que aquel elemento estaba en un punto ciego del edificio que nadie podía ver, Lutyens respondió: “Dios lo ve”.  

He ahí la cuestión. ¿El fútbol evolucionará solo si se ganan partidos? De hecho, los entrenadores son más creíbles en el caso de que sus equipos compiten y ganan con frecuencia. 

 29.OCTUBRE.2026.

Sezione: Otras Competiciones / Data: Jue 29 octubre 2026 a las 00:00
Autore: MAROGAR .
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