Hoy ya es más frecuente el matrimonio entre fútbol y literatura.

04.03.2019 22:28 de MAROGAR .   Ver lecturas

“Puedes cortar todas las flores, pero no puedes evitar que llegue la primavera”. (Pablo Neruda).

            De siempre, el fútbol tuvo poco roce con la intelectualidad. Sin embargo, poco a poco se ha ido acercando al hecho deportivo algunos escritores (De algunos hemos plasmado ideas, pensamientos, reflexiones o relatos), si bien, busca que te busca, logramos siempre encontrar alguna novedad.  Por ejemplo, en un cuento de Roberto Bolaño, Buba, protagoniza una historia fantástica. Un nuevo jugador venido de África hacia magia con el balón practicando rituales de sangre que le convierten en invencible en el terreno de juego. Bolaño describe escenas, jugadas y partidos: “Ahora tal vez debería decir algo acerca de los goles. El primero (que fue el segundo del encuentro) se produjo tras un córner… El segundo fue extraño: el equipo rival ya había aceptado la derrota, corría el minuto 85, todos los jugadores estaban cansados, los nuestros probablemente más, el tono del partido era francamente conservador, y entonces alguien le pasó la pelota a Buba, con la esperanza, digo yo, de que la devolviese o la retrasara, pero Buba corrió por su batida, rápido, mucho más rápido de lo que había estado en el resto del partido, se acercó a unos cuatro metros del área grande y cuando todos esperaban que centrara soltó un tiro que sorprendió a los dos defensas que tenía delante y al arquero, un tiro con un chanfle como yo no había visto nunca, un disparo endemoniado propio sólo de los jugadores brasileños, que se coló por la escuadra derecha de la portería contraria y que puso a todos los espectadores de pie…” Sin duda, es una creación literaria, pero podría haber sido el retrato exacto de cualquier jugada en una jornada de fútbol de cualquier país, casi como un relato periodístico.

             En “Prensa Libre”, Roberto Villalobos firmó unos apuntes sobre fútbol y escritores que me han interesado ya otras veces.Dijo Nabokov que “El trabajo de un guardameta es comoel de un mártir, un saco de arena o un penitente”. Realmente él estuvo bajo palos y tiene su propia experiencia. Igual que un no practicante, Umberto Eco, es un detractor futbolístico “El fútbol es una de las supersticiones religiosas más extendidas de nuestro tiempo”. Al mismo tiempo, George Orwell llegó a asegurar que el fútbol “no tiene nada que ver con el juego limpio. Está ligado al odio, los celos, la jactancia y el placer sádico de presenciar la violencia…” Menos mal que, para contrarrestar, tenemos la definición del portero Albert Camus, quien aseguró que “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

             Günther Grass, aficionado del Friburgo, escribió un poema “Estadio de noche”, comparando a un portero con un poeta solitario: “Lentamente ascendió el balón en el cielo./Entonces se vio que estaba lleno el graderío./En la portería estaba el poeta solitario,/pero el árbitro pitó fuera de juego”.  Mientras, Mario Benedetti firmó: “Gracias al fútbol, a los uruguayos nos conocieron en el mundo”, habiendo escrito un cuento muy expresivo, “Puntero izquierdo”. Y, además, también se atrevió: “Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios”. 

            Nick Hornby en su excelente libro “Fiebre en las gradas” nos dijo: “Me enamoré del fútbol igual que más tarde me enamoré de las mujeres: de repente, inexplicablemente, sin crítica, sin pensar en el dolor o los trastornos que traería consigo”. Lo mismo que Villoro define: “El fútbol es la parte predecible de nuestra vida. No estamos seguros de encontrar tiempo para ir al dentista o al supermercado, pero sabemos con estratégica anticipación dónde veremos la final de la Champions”. De Sartre ya hemos comentado alguna vez que llego a una excelente conclusión: “En un partido de fútbol todo se complica por la presencia del equipo contrario”. Es lo lógico, el fútbol requiere de elementos que a la postre son insuperables. 

             Me hace mucha gracia lo que significa Anthony Burgess: “Cinco días son para trabajar, como dice la Biblia. El séptimo día es para el Señor, tu Dios. El sexto día es para el fútbol”. Curiosamente, escribió “La Naranja mecánica”, titulado igual que aquel movimiento vanguardista del fútbol en la Holanda de los años setenta. Pero fue Neruda quien escribió en verso acerca de “Los jugadores”: “Juegan, juegan. / Agachados, arrugados, decrépitos./ Este hombre torvo/junto a los mares de su patria/más lejana que el sol/cantó bellas canciones./Canción de la belleza de la tierra,/canción de la belleza de la Amada,/canción, canción/que no precisa fin (…). Y el cuentista de fútbol, Fontanarrosa, que nació en Rosario como Messi, llegó a firmar: “Algunos intelectuales serios habrán ocupado sus horas leyendo a Tolstoi, mientras yo leía El Gráfico”. Oscar Wilde, con su delicadeza gay escribió: “Como juego, el fútbol está muy bien para chicas toscas, pero es apenas conveniente para chicos delicados”. 

            En “leamosmas.com” pude leer que lo que Sacheri, comentarista y escritor, plasmó: “El fútbol y la literatura tienen en común el hecho de ser dos ámbitos de juego. Dos mundos dentro del mundo más básico y prosaico que habitamos. Y, además, agregó: “Cuando te pones a jugar un partido de fútbol, el mundo exterior verdaderamente desaparece. Del mismo modo, cuando lees un libro o cuando lo escribís, el mundo exterior a esa historia desaparece y el todo queda reducido a eso que hay dentro: esos personajes, esa tragedia o ese drama”. En Argentina se lanzó la campaña “Cortitos y al Pie”, la cual consiste en seleccionar cuentos y novelas en las que el eje es el fútbol, de forma tal de lograr mayor interés. En Chile se creó algo parecido editando un libro de cuentos titulado “El Fútbol también se lee”, y en España (Fundación German Sánchez Ruipérez) se presentó “Fútbol club de lectura”, tratando aspectos sociológicos del fútbol. 

            En “Elcultural.com”, firma Alberto Gordo: “Hubo un tiempo, hace no mucho, en que el fútbol era un entretenimiento para ociosos, incultos o fanáticos. En que el fútbol no era respetable, era cosa del pueblo bajo, algo sin relato posible, un juego sin ciencia y, también, claro, sin épica. Pero he aquí que lo popular se puso de moda entre la cultura más o menos alta, en que el escritor, quizás, se bajó a la calle, en que alguien desde algún país lejano (probablemente de Latinoamérica) vio en esa pequeña y simple batalla de once contra once un lugar a partir del cual armar estructuras literarias, un campo propicio sobre el que extender relatos e inventar historias. Un juego que no acaba nunca”. Y aparecen muchos autores como Sergio Rodrigues, autor brasileño, en “El regate”: “Todo lo que forma parte del juego (la pasión, la historia, la mitología, el drama, la tragedia, la comedia) es un rico material para la ficción”. También Santiago Roncagliolo, en “La pena máxima”: “Antes un escritor no se bajaba de su pedestal para hablar de fútbol. Ahora ya no es así, Creo que la literatura se ha popularizado y se ha acercado a la gente gracias al fútbol”.  

            A su vez, Juan Tallón, autor de “Manual de fútbol” significa: “El fútbol es un deporte, y en cuanto el árbitro pita el final, y todo se acaba, el fútbol pasa a ser un relato, en cierto sentido una ficción, y eso le proporciona gran capacidad metafórica”. Claro que hace una aseveración que nos hará pensar: “Si el fútbol sólo tuviera que ver con el juego, seguramente hace tiempo que habría desaparecido, o evolucionado hacia la inanidad, como el gin-tonic o la democracia de partidos”.  Claro que Sacheri hacía la fotografía en su obra “La vida que pensamos. Cuentos de fútbol”: “Como juego que jugamos, y como juego que jugamos mucho, el fútbol tiene la virtud de exhibir a los seres humanos despojados de sus máscaras más habituales”. Y nos gusta el remate del brasileño, Sergio Rodrigues: “Muchos escritores rechazaron durante años el fútbol por una cuestión de elitismo”. 

            Salamanca, 4. marzo 2019