El acaparamiento de títulos no es bueno para el fútbol.

04.06.2019 00:04 de MAROGAR .   Ver lecturas

“El culto hispánico religioso ha cedido paso a una nueva fe”. (José L. Sampedro, refiriéndose al fútbol).

            Si ya fue grave la derrota del Barcelona contra el Liverpool, poniendo en el candelero negativo a su entrenador Valverde, se volvió a repetir la escena el 25 de mayo, salvando las distancias de cada competición, pues el Valencia ganó la “Copa del Rey” en el Benito Villamarín por un inesperado 2-1 según las expectativas catalanas. Al minuto 31 el Valencia había marcado ya dos goles a pesar de que la posesión del Barcelona rondaba el 61%. Desde luego, el control del juego y del balón era del Barcelona, pero los goles habían ido al casillero del Valencia con dos excelentes acciones y una que salvó Piqué en el minuto 4 a tiro de Rodrigo.  Hay quien aseguró que Marcelino había ganado tácticamente a Valverde, lo cual me parece un desenfoque exagerado a la vista de la estadística y las maneras globales de comportamiento en el choque. El Valencia marcó, de acuerdo, pero su manera de defender fue pobre, por acumulación de hombres y aculándose hacia su portero, nunca presionaron a quitar la pelota al hombre-balón del Barcelona, y cuando éstos marcaron el 2-1 les entraron las prisas, Marcelino se desmadejaba en la banda porque intuía el próximo gol del empate. Pero no, el Barcelona no acertó. Messi en esta ocasión no fue la salvación, aunque marcase el gol de la esperanza.  Los últimos minutos ya fue un desbarajuste entre el ataque compulsivo del Barcelona y la defensa atropellada del Valencia que despejaba a tontas y locas, fruto de ello pudo conseguir otros dos goles a portería vacía.  Por lo que volvemos a las andadas, solo valoramos bien a nuestros equipos favoritos cuando ganan.

            Después de esta derrota del Barcelona hubo las típicas crónicas “mortuorias” por Valverde, es curioso que se olvide todo el mundo de su consecución de Liga como si un campeonato a 38 partidos fuera una consecución al alcance de cualquiera. O sea, por ganar una Liga y perder la eliminatoria de “Champions”, más la derrota de la final en “Copa del Rey” tenía más trascendencia estas dos pérdidas que un Campeonato de Liga. Comparemos el ambiente, cuando Marcelino en Liga quedó cuarto y con la “Copa del Rey” justifica hasta que le hagan un “Ninot” en Fallas valencianas. No digamos, el trato recibido por Simeone de respeto a su labor y segunda plaza en la Liga española sin haber conseguido ningún otro Trofeo anual. ¿Cuál es el valor intrínseco de los Trofeos que juegan los equipos? Posiblemente, lo que perjudica a toda esta parafernalia deportiva es el exceso de expectativas creadas por los equipos, más bien por los seguidores y periodistas afines de ese equipo que luego acaban en frustración enfermiza si no se consiguen los Trofeos “anunciados”, es el riesgo de los “dupletes”, “tripletes”, “tetrapletes”, “quitupletes” y “sextetes” que uno se pueda imaginar. Escuchar o leer que Valverde “perdió el crédito” es como asegurar que los 22 entrenadores de la Liga española son unos ineptos porque les ganó un “desacreditado”…

            El exceso de expectativas para ganar, la acumulación de victorias, el acaparamiento de títulos futbolísticos, es un pecado de la época moderna del fútbol. Esa codicia está llevando a situaciones complejas contrarias a un fútbol más sencillo y transparente.  De paso, el egoísmo de jugadores, entrenadores y público en general, ronda la mala educación cuando no se gana, precisamente. Incluso se podría hablar del “síndrome acaparador compulsivo” que podría degenerar en un trastorno psicológico. La obsesión por ganar se lleva por delante el trabajo bien hecho de mucha gente, tan solo porque no se acepta que el equipo contrario pudo ser mejor que tú en un momento dado. “Gozar más del acaparamiento de las propiedades que de los beneficios de su tenencia, es el síntoma de un grave trastorno conductivo provocado por la codicia obsesivo-compulsiva”, según José Luis Rodríguez Jiménez. En consecuencia, todo ello degenera en falta de educación deportiva por cuanto solo se admite la victoria, cuestión harto difícil, incluso para los muy ganadores. 

            El 29 de mayo jugaron Arsenal y Chelsea por la “Liga Europea”, a priori se les daban casi las mismas posibilidades a ambos equipos. Sarri contra Unai Emery, dos buenos entrenadores. Muchos españoles en las dos escuadras, sobre todo en Chelsea. Al final, 4-1 para Chelsea alumbrando el partido la gran expectativa de un Real Madrid que persigue el fichaje de Hazard, en este caso goleador por dos veces y asistente en uno de los otros dos goles. Desde un punto de vista táctico, quizás la superioridad fue manifiesta y el resultado señaló la diferencia. Llegando el 1 de junio, donde el Liverpool y Tottenham disputaban la final de “Champions League”, grandes expectativas, mostrando las virtudes de cada cual, y los pensamientos futbolísticos tanto de Kloop como de Pochettino después de un descanso activo los días antes analizando puntos fuertes y débiles para superar al contendiente. Comenzó el partido y a los 22 segundos le pitan un “penalti” involuntario al Tottenham que marca Liverpool. Partido acabado. Partido cambiado. Partido mentalmente distinto a todas las expectativas y previsiones. El Liverpool perdió agresividad, tampoco salida y por supuesto llegadas, se limitaron a conservar el gol, mientras que Tottenham quisieron resurgir a través del balón, con orden, con lentitud, con salidas muy previsibles, sin entradas, sin presión con o sin balón, sin gol… Ya digo, para mí el partido se acabó a los 22 segundos. Una auténtica frustración de juego, lucha de intereses, los dos equipos conservadores, sin apenas penetraciones, salvo al final que el portero del Liverpool salvó algunos balones peligrosos. ¿Dónde estaba el Liverpoool que eliminó al Barcelona? ¿Era el mismo equipo, con su bagaje histórico de presión, robo, transferencia urgente de balón, llegada y gol? Porque el segundo gol del Liverpool refrendó al mejor equipo pero hasta esa jugada fue impensada y marcada con la zurda por Origi, en este partido jugador de refresco. ¿Se pueden resumir dos partidazos como éstos en tan pocas líneas? Si, porque no añadieron ningún valor trascendente al fútbol de la época, no marcaron ninguna tendencia y lo único es que Kloop pudo ganar, por fin, una final. Por otra parte, la sexta “Champions League” del Liverpool el mejor equipo de la Competición. 

            Por supuesto, después de que cuatro equipos ingleses llegaran a las dos finales citadas, dirigidos por cuatro entrenadores no británicos (Un alemán (Kloop); un argentino-español (Pochettino); un italiano (Sarri); y un español (Unai Emery). Los partidos finales fueron “impresentables” para las expectativas creadas, pero ello no indica que no fueran los mejores a lo largo de ambas competiciones. Todo su bagaje habría que analizarlo a lo largo de todos los partidos disputados. Pero sería infantil ahora denostar a todos los entrenadores, incluso a Kloop, porque sus equipos estuvieron débiles en esta ocasión.  Sin embargo, en Inglaterra sí deben estar muy contentos de los logros adquiridos por sus equipos que, seguramente, obedece no solo a los mayores ingresos de todos los equipos ingleses sino también del bien hacer de sus estamentos que han logrado enfocar sus desempeños con jugadores y entrenadores foráneos. Y en todo caso, fue bueno para el fútbol que los equipos no acaparasen títulos como “amasadores” de triunfos que deprimen a los otros equipos en liza.

            Salamanca, 4 de junio. 2019.