No hay partido en el que no ocurra la misma escena de la que se ha escrito en muchísimas crónicas futbolísticas. Observemos una disputa de balón entre dos futbolistas, un jugador que continúa con la pelota porque puso más energía y habilidad en la disputa; y el otro que se queda tirado en el suelo gesticulando. Si el que conduce el balón es el forastero y lleva ventaja evidente, el que se quedó en el suelo hará gestos muy ostensibles de dolor, aparentemente falsos en demasiadas ocasiones. Su cuerpo se contrae como si le hubieran dado un tiro, moverá las manos sacudiéndolas como si tuviera calambres en los nudillos, mantendrá la apariencia de un ataque epiléptico y acabará de bruces en la hierba exhausto como si hubiera dado a luz… Su propio público se creerá la representación, el equipo contrario acabará intimidado. Con toda esa presión ambiental, los contrarios deciden arrojar el balón fuera de banda. El jugador que perdió la pelota habrá justificado así su ineficiencia en la disputa ante su entrenador y, de paso, provocará un calentamiento de los ánimos en la grada y obtenido una interrupción que beneficia a su equipo. Esta locura está siendo aceptada por los árbitros que siguen sin querer intervenir en tales acciones, manteniéndose como los convidados de piedra en este triste espectáculo…

Antes de seguir, interioricen esta curiosa anécdota: "Un médico que caminaba por la orilla de un río. Oyó de pronto unos gritos de alguien que se ahogaba y pedía socorro. Sin pensárselo, el médico se lanzó al agua y con gran esfuerzo condujo al hombre a tierra firme, casi ahogado. Cuando le socorría, aparecieron nuevos gritos de auxilio… Era otra persona la que estaba en el agua, por lo que hizo un segundo esfuerzo para recuperarlo del agua, a pesar del cansancio. Ya había salvado el médico dos vidas cuando, de pronto, un tercer individuo chillaba en el agua y reclamaba su ayuda… Otra vez más, casi exhausto, agotado, el médico se tiró al agua y rescató a aquel tercer hombre… El médico, entonces, reflexionó sobre lo que estaba pasando. Buscó el origen del problema. De pronto, observó que había un loco en la parte alta del río que se estaba encargando de tirar a la gente al agua…"

Imagínense a los árbitros de un partido de fútbol actuando como el médico en cuestión. Los jugadores se le tiran en la hierba pero no saben por qué ni lo intentan… Se interrumpe el juego, entran las asistencias, pasan minutos y minutos sin jugar, todos a la banda, balón que se mueve a cincuenta metros más allá de donde salió, un entretenimiento fuera de lugar que rompe el ritmo total del partido. Y los árbitros no se han parado a pensar por qué ocurre lo que ocurre. Si reflexionaran como el médico que salvaba ahogados con riesgo de su integridad física, razonarían que en los partidos de fútbol son los propios árbitros los que están actuando como el loco que tiraba hombres al agua. Simplemente, con aplicar el reglamento, desaparecerían esas intentonas antideportivas.

Hace ya varias temporadas, Mendilíbar el ex entrenador del Valladolid, en una decisión muy valiente, dijo en rueda de prensa para todo el orbe deportivo que su equipo no cedería el balón, ni lo echaría a la banda, a pesar de que un jugador contrario estuviera caído en el terreno de juego. El lo razonaba con todo detalle, y aseguraba que el único que debe parar el juego en caso de accidente es el árbitro. A sus declaraciones se le sumaron otros pero no todos. En realidad, los medios no se han movilizado demasiado en esta materia. Incluso Capello ya lo había anticipado cuando entrenó a la Roma en Italia. Incluso en algunos partidos los de Mendilíbar tienen que soportar las iras de unos aficionados poco documentados en esta norma. Con la colaboración negativa de los árbitros.

En Inglaterra se juega al fútbol con el mismo reglamento y no se ve ese tipo de espectáculo negativo. Existen unos códigos éticos, unas leyes no escritas que son aceptadas por todos los participantes y donde nadie imita un daño inexistente. En paralelo, los árbitros actúan con plena responsabilidad y se ganan el respeto máximo de jugadores y del público. Tan fácil como eso. En vez de actuar tantas veces en el partido parando el juego, entorpeciendo el espectáculo, los árbitros tendrían que recapacitar. Pero también los dirigentes de todos los equipos. Y el origen del problema está localizado por lo que su solución sería más fácil. Tantos "hombres al agua" originan un espectáculo deprimente de paradas y más paradas del juego, por lo que si todos conocieran las reglas que se van a aplicar, el juego sería más fluido e interesante.

El domingo 12 de diciembre de 2009, se enfrentaban el Valencia y el Real Madrid. Como tantas otras veces, el jugador internacional Marchena se pasó de rosca, sacando al terreno su actuación melodramática… Es inaudito que esta demostración la tenga que realizar un excelente jugador de la selección española. El árbitro actuó hasta tres veces como el loco que tiraba hombres al río… Estos especialistas de dudoso mérito se prodigan en casi todos los partidos "echándose al agua" queriendo obtener ventajas falsas, siempre salen ganando porque obtienen la colaboración del árbitro mientras que ellos campean sin ninguna amonestación pública. Hasta tienen la mala costumbre de pedir tarjetas para los contrarios y el colmo es que a veces lo consiguen también. La ambigüedad actual en la aplicación de las reglas va en contra del fútbol, beneficia al infractor y el espectáculo se arruina. Si el juego debe pararse, que se pare, pero decidido por el que dispone de autoridad para ello, es decir, los árbitros. Las actuales tensiones deben resolverse con un pacto ético entre jugadores y, por supuesto, con unos árbitros comprometidos en resolver estas incidencias con la máxima solvencia. Y los teatreros, a los teatros; porque sobran en los campos de fútbol.

MAROGAR (Febrero 2010)

Sezione: Editorial y Opinión / Data: Sá 06 febrero 2010 a las 14:00
Autore: Redacción esFutbol
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